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Rivadeneira Prada, Raúl

Lenguaje y era audiovisual

Miércoles 27 de abril de 2016, por Tatiana Alvarado Teodorika

LENGUAJE Y ERA AUDIOVISUAL
RAÚL RIVADENEIRA PRADA (leer la biografía)

In principio erat Verbum

Pergeño este ensayo aguijoneado por múltiples voces de alarma ante la supremacía de la imagen en el mundo que nos ha tocado vivir; en este tiempo bautizado como la Era Audiovisual. Tan grande es el sobresalto que muchos piensan que el hombre del futuro será sordo y mudo para los sonidos del lenguaje, y, para colmo de males, analfabeto.
¿Es verdad que el lenguaje agoniza?
¿Sucumbirá la palabra, ahogada en el mar de mensajes audiovisuales?
¿Cuánto de realidad y cuánto de mito hay en todo esto?
Según estudios auspiciados por la UNESCO y publicados con la firma de Brigitte Gacha, "Se calcula que en el mundo entero ciento cincuenta millones de personas aprenden a leer todos los años, pero sólo uno de cada tres practicará regularmente la lectura. Las demás volverán al analfabetismo o, en el mejor de los casos, serán virtualmente no lectores. Este abandono del mundo de la palabra escrita es un problema en los países industrializados donde apunta la llamada era post-libresca y en los cuales los medios de comunicación audiovisual constituyen la excusa, y tal vez la causa, de un nivel mínimo de lectura. Pero, para los países en desarrollo, donde vive la inmensa mayoría de la población mundial, y ochocientos un millones de los ochocientos veinticinco millones de analfabetos, se trata de un despilfarro de los por sí escasos recursos y un obstáculo a todo el proceso de desarrollo que es preciso resolver prioritariamente"(1).
Otro dato ilustrativo, de la misma fuente: "...en el mundo industrializado, hay anualmente cerca de diez libros al alcance de cada lector potencial mientras que en los países en desarrollo la cifra es inferior a un título por persona (0.54, exactamente)” (2).
El escritor italiano Alberto Moravia ha titulado a su última novela, publicada este año, El hombre que mira. En ella, el novelista advierte, a tiempo de expresar su total rechazo al armamentismo, sobre los peligros de una guerra nuclear y sus horrorosas consecuencias. Los personajes de esta obra son seres enmudecidos. No callan por prudentes o sabios, tampoco guardan el silencio melancólico del taciturno, y en nada se parecen al pensador que describe Unamuno con estas palabras: “Silencioso y pensativo caminaba el sabio en busca de una idea grande". Nada de eso, simplemente son hombres y mujeres enmudecidos porque han perdido el don de la palabra o están a punto de perderlo, como las “cantoras aves, enmudecidas por la cítara invisible...” del verso de Fray Luis de León. La “cítara invisible” es para los personajes de Moravia un permanente mirarse y ser mirado y un constante oír sonidos que no son los del lenguaje.
En una entrevista con el corresponsal de Inter Press Service en Roma, Alberto Moravia decía: “Vivimos en la era de la imagen. Los medios de comunicación a través de imágenes se apropian del espacio que en un tiempo estaba consagrado al lenguaje hablado y escrito” (3).
El académico boliviano Renán Estenssoro Alborta ha publicado hace poco el artículo La palabra escrita y la imagen, en que dice: “En nuestro tiempo, la imagen está sustituyendo a la palabra escrita. No pocas intelectuales creen que la humanidad ha llegado a un punto en el cual se transformarán sus medios de expresión cultural. Es decir, que somos espectadores del adviento de la imagen y la declinación del verbo” (4).
¿Es correcto hablar de una Era Audiovisual porque los medios que producen mensajes destinados simultáneamente a las percepciones visual y auditiva son relativamente nuevos? De la Era del Lenguaje, sí se puede estar seguro, no sólo porque la palabra tiene ya una larga historia, sino también porque subsiste y nada hace suponer que se extinga, a pesar de los malos vientos que soplan en su contra.
Quizá sea más aceptable —al menos por ahora, porque ¡quién sabe cómo serán los siglos siguientes!— decir que vivimos un fascinante momento de predominio de la imagen visual respecto del lenguaje hablado y escrito. Sin embargo, la denominación Era Audiovisual no ha de incomodarnos, si reconocemos sus limitaciones semánticas.
El momento actual puede ser descrito como el mundo electrónico circundante o el reino de los sistemas cibernéticos: un nuevo entorno comunicativo incrustado en la tradicional forma de comunicación oral y escrita. La base electrónica de esta era es la microelectrónica; sus principales productos son el videoteléfono, la alta definición de la imagen televisiva en grandes pantallas que da una sensación de tridimensionalidad; el satélite artificial, el teletexto y el vídeotexto; el cine en todas sus versiones modernas, el correo electrónico, el procesamiento de la palabra (en esta materia, Bert Cowlan informa que, con el uso de la fibra óptica de conducción láser, el laboratorio Bell ha logrado últimamente transmitir en un segundo una cantidad de palabras equivalentes al contenido de treinta volúmenes de una enciclopedia, y sin errores, a una distancia de ciento diecinueve kilómetros) (5); el vídeo disco, el vídeo casete, la traducción automática, la reproducción automática de sonido e imagen, la fotografía computarizada, los juegos y pasatiempos; las máquinas de enseñar, los robots-niñeras y muchas otras maravillas más.
Estos y otros componentes de nuestro entorno comunicativo forman parte esencial de la llamada “cultura de masas", frente a las denominadas “cultura elitista” y “cultura popular”, una forma de vida adecuada o moldeada por los medios masivos de fabricación industrial; cultura de masas labrada en la mentalidad del consumo.
Que aquellos adelantos se empleen en Europa, los Estados Unidos de América o la Unión Soviética no tiene nada de extraordinario porque en esos países ya han sido superados, en gran parte, los problemas del hambre, la educación y la salud pública, pero es sorprendente la contemporaneidad de dichos instrumentos con formas de vida atrasadas en varios siglos y que corresponden al llamado Tercer Mundo.
En Bolivia, la India, Gabón, Guatemala o Afganistán aún se usa el mechero de grasa animal para alumbrar la choza donde un televisor transistorizado puede recibir emisiones vía satélite. El arado egipcio comparte su ámbito temporal y espacial con la calculadora electrónica activada por una minúscula batería. Los jets supersónicos y los cohetes de cabeza nuclear vuelan por encima de aldeas que desconocen la energía eléctrica, el agua potable y la posta sanitaria, cuyos pobladores jamás han tenido noticia de la existencia de las Naciones Unidas o del conflicto árabe-israelí e ignoran por completo —esta puede ser una bendición— los peligros de la guerra nuclear. Bueno, pero este es un problema que compete a sociólogos, políticos, filósofos e investigadores de las relaciones entre la sociedad y el desarrollo de las tecnologías y las ciencias.
Volvamos sobre el escalofriante vaticinio de la muerte del lenguaje. ¿En qué se funda esta apocalíptica sentencia?
He aquí algunos argumentos:
1. “ Las comunicaciones han configurado sistemas de vida comparables a galaxias: la Galaxia Gutenberg con el dominio de la palabra impresa; la Galaxia Marconi, donde imperan la radiodifusión y la televisión, y la Galaxia Von Neumann, reino de la cibernética y los servomecanismos como la computadora (6).
Los medios de comunicación y los instrumentos de la Galaxia Von Neumann modelan al “homo electronicus” que reemplazará al “homo alphabeticus", especie destinada a extinguirse, como los seres antediluvianos.
2. El hombre moderno está más expuesto a los medios electrónicos que a los mensajes impresos, exceptuando las revistas gráficas de todo tipo y la preferencia actual por la pornografía.
Según Melvin A. Goldberg (7), más del noventa y ocho por ciento de los hogares en Estados Unidos de Norteamérica tienen aparatos de televisión. En 1984, se han registrado aproximadamente ochenta y cuatro millones de receptores de los cuales el setenta y cinco por ciento son de color y el veinticinco por ciento de blanco y negro. El ciudadano común pasa más de siete horas diarias ante el televisor y, si esto se toma proporcionalmente, significa que un tercio de su vida transcurre en contacto con las imágenes y los sonidos del televisor. Si añadimos el tiempo que el hombre moderno emplea en los juegos electrónicos, en escuchar música o los ruidos de moda que buscan parecerse a la música; si agregamos el tiempo destinado al cine y a otras actividades similares, podemos comprobar que nuestros contemporáneos, especialmente los que viven en grandes ciudades, invierten la mitad de su vida en comunicaciones audiovisuales.
3. Los sistemas educativos prestan ahora menor atención que antes a la lectura y escritura. Las clases de lenguaje son mayoritariamente rechazadas por los estudiantes, porque las consideran aburridas, complicadas e inútiles. A muy pocos jóvenes les agrada vérselas con ejercicios en los que deben identificar al pluscuamperfecto o distinguir en un párrafo metáforas y metonimias. Ni para qué hablar de la gramática generativa, de la glosemática, la semántica y la teoría de los signos. Todo esto suena a martirio.
4. ¿Por qué perder el tiempo aprendiendo a hablar y escribir correctamente, si para el consumo casero bastan unas cuantas palabras que lo simplifican todo? Y, ¿para qué molestarse en leer las noticias, una novela de Kafka o un libro de historia, si la televisión y el cine tocan esos temas de manera más fácil y entretenida?
5. Las lenguas cambian, se transforman y extinguen. Tenemos la experiencia de la fragmentación lingüística de la Romania y la desaparición del sánscrito. Abundan las formas dialectales y los vulgarismos; los argots crecen como cizaña; se simplifican las lenguas matrices. George Orwell previó la reducción del lenguaje a unas cuantas voces imprescindibles e imaginó la “Neohabla”.
A nuestros jóvenes les da pereza pronunciar palabras y frases completas. “Hola pá”; “hola má", simplifican los arcaicos “Buenos días, papá; buenos días, mamá”. Los medios audiovisuales reemplazan las expresiones emotivas por onomatopeyas, como en las películas de Batman y Robin, y las mismas onomatopeyas se representan por signos extra o paralingüísticos. En el uso del lenguaje oral, la disgregación del nombre viola a cada instante la regla semántica que impone dar a una cosa una denominación y ésta portar un solo significado. En México, la palabra: “cuate” sirve para designar al profesor y al alumno; al jefe y al subalterno; al comprador y al vendedor; al grande y al chico; al joven y al viejo. Entre nosotros, y creo que también en gran parte de Hispanoamérica “está chévere" reemplaza a "está bien”, “es muy bueno”, “me gusta", “lo acepto”, “me agrada", "es maravilloso", “estoy conforme”, etc.
Comunicación y lenguaje
El Diccionario de la La Real Academia Española de la Lengua admite la 6ª acepción de lenguaje, en sentido figurado, como un “conjunto de señales que dan a entender una cosa. El lenguaje de los ojos, el de las flores...”
En sentido estricto, según Joseph Bram, lenguaje es “un sistema estructural de símbolos vocales arbitrarios con cuya ayuda actúan entre sí los miembros de un grupo social” (8).
Edmundo Carpenter y Marshall McLuhan publicaron en Toronto, entre 1953 y 1957 el periódico especializado “Exploraciones”, subvencionado por la Fundación Ford. En él, sostuvieron la idea de que cualquier medio de comunicación: gestual, telegráfico o artístico puede considerarse como un lenguaje. Desde entonces, se ha extendido tanto el uso de esta palabra que se habla libremente del "lenguaje de la música", “lenguaje de la pintura”, "lenguaje del cuerpo” y de otros “lenguajes”.
Dicha extensión ha traído, igualmente, la ampliación del significado de la semántica a todo signo lingüístico y no lingüístico, provocando un pleito hasta ahora no dirimido entre lingüistas y semiólogos. Pierre Guiraud y una legión de lingüistas defienden la tesis de que la semántica es el estudio del sentido de las palabras. “Expresiones al estilo de ‘lenguaje de la música’ o ‘semántica de la pintura’ son metáforas”, dice Guiraud (9), aunque admite legitimidad en el uso de la expresión ‘semántica del blasón y de la misa’, “por ser semántico todo lo que concierne al sentido de los signos convencionales mediante los cuales expresamos ideas a fin de comunicarlas" (10).
A pesar de que se ha puesto de moda recientemente, la semiología o “ciencia general de todos los sistemas de comunicación” mediante señales signos o símbolos, como la define Georges Mounin (11), tiene ya una edad respetable, muy próxima a cumplir su tercer centenario, desde que fuera formulada por John Locke, en 1690, dentro de la clasificación de las ciencias, en su famoso ensayo, con el nombre de Doctrina de los signos.
En los tratados de comunicación, figura Charles Sanders Peirce como el padre de esta ciencia a la que diera el nombre de Teoría general de los signos, a fines del siglo pasado, en la misma época en que Ferdinand de Saussure redactaba su Curso de Lingüística y apuntaba: “La lengua es un sistema de signos que expresan ideas, y por eso comparable a la escritura, al alfabeto de los sordomudos, a los ritos simbólicos, a las formas de cortesía, a las señales militares, etc., etc. Sólo que es el más importante de todos esos sistemas. Se puede, pues, concebir una ciencia que estudie la vida de los signos en el seno de la vida social. Tal ciencia sería parte de la psicología social, y por consiguiente de la psicología general. Nosotros la llamaremos semiología (del griego ī ‘signo’). Ella nos enseñará en qué consisten los signos y cuáles son las leyes que los gobiernan" (12).
La necesidad histórica y cultural hizo que Peirce y De Saussure crearan la semiología al mismo tiempo, pero por separado, pues ninguno de ellos tenía noticia de los proyectos del otro. Trabajaron en lo mismo, tal vez inspirados en la brillante clasificación de Locke. Una coincidencia feliz que recuerda la invención del teléfono en la que tienen igual mérito el alemán Juan Felipe Reis y el escocés Alejandro Graham Bell.
Desde las construcciones teóricas de Peirce y de Saussure, hasta nuestros días, la semiología ha avanzado a pasos gigantescos y ha contribuido al desarrollo de las ciencias de la comunicación tanto como lo han hecho la psicología, la antropología, la ingeniería y otras.
A propósito de la relación lenguaje-comunicación, Alfred Smith opina: “La comunicación supone la transmisión de informaciones por medio de signos. La forma más conocida de comunicación humana es la verbal. Sin embargo, la expresión oral porta solamente una pequeña parte de la información que la gente emplea diariamente para sus interacciones. La totalidad del sistema de comunicación está basada en muchos otros signos no verbales, por ejemplo las señales kinéticas referidas a movimientos corporales" (13). Cierto, muy cierto. Y esto se puede comprobar con una llamada telefónica. Los intercomunicantes no tienen ningún otro instrumento para interactuar que no sea la palabra hablada. No pueden saber qué está ocurriendo realmente al otro lado de la línea; ignoran cómo está vestido el otro, cuál es su verdadero estado de ánimo, cómo son sus reacciones faciales... y todas estas carencias se suplen con débiles señales de entonación de la voz, redundancias y otros recursos que dependen de que la transmisión sea nítida —nunca lo es del todo— o recurriendo a las adivinanzas y una que otra inferencia, también dependiente de la palabra hablada.
La comunicación es algo más que el lenguaje oral, no hay discusión al respecto, pero su existencia sería muy precaria sin la lengua; en cambio, ésta existe desde tiempos inmemorables y no ha necesitado de las formas del arte visual ni de la máquina fotográfica ni de las cámaras de cine o televisión para sobrevivir.
Parece que arribamos al punto principal de estas reflexiones: el alarmante o alarmista anuncio de la muerte del lenguaje oral y escrito.
Entre quienes suscriben la sentencia que condena al lenguaje a la pena capital, citemos al juez más severo: Herbert Marshall McLuhan. Según el comentario de Dwight Mac Donald, “...el doble salvaje de McLuhan es un modelo más avanzado que el de Rousseau ya que está equipado con computadora y otros artefactos electrónicos que le permiten prescindir de la escritura e incluso del habla para comunicarse” (14).
Brigham Young soñaba con “el tiempo en que la punta del dedo o el movimiento de la mano sirvan para expresar todas las ideas sin necesidad de la expresión verbal”.
En su obra La comprensión de los medios como las extensiones del hombre, McLuhan predice, con una firmeza que rebaja al Oráculo de Delfos a la triste condición de horóscopo de feria, “la unidad universal" en una sociedad sin palabras; un paraíso prometido por las maravillosas computadoras. Oigámoslo en este párrafo: “Nuestra tecnología eléctrica, que prolonga nuestros sentidos y nervios en un abrazo global, encierra grandes implicaciones para el futuro del lenguaje. La tecnología eléctrica no necesita de palabras del mismo modo que la calculadora electrónica digital no necesita de números. La electricidad señala el camino a una prolongación, a escala mundial, del proceso de lo consciente en sí y sin verbalización de ninguna especie. Este estado de conciencia colectiva puede haber sido el estado pre-verbal del hombre. En cuanto es tecnología de la prolongación humana, el lenguaje, cuyos poderes de separación y división conocemos tan bien, pudo haber sido la “Torre de Babel” que los hombres intentaron levantar para escalar los cielos más elevados. Hoy en día, las computadoras electrónicas encierran la promesa de brindarnos un modo de traducción inmediata de cualquier clave o lenguaje a otro lenguaje o clave. Dicho en dos palabras, la computadora promete, por conducto de la técnica, un estado de gracia de comprensión y unidad universales. Parecería que el siguiente paso lógico habría de ser no el traducir sino el prescindir de los lenguajes prefiriéndoles una conciencia cósmica general que, muy probablemente, podría ser el inconsciente colectivo en el que soñaba Bergson. La condición de ‘carencia de peso’ que los biólogos dicen que encierra la promesa de una inmortalidad material, podría coincidir con un estado carente de habla que pudiese concedernos, a perpetuidad, la armonía y la paz colectiva” (15).
He aquí el motivo de alarma para algunos; la promesa del paraíso para otros: No llegaremos al Edén por la fe religiosa, en recompensa por nuestras buenas acciones, por la remisión de culpas y el perdón de los pecados por la bendita gracia de Dios, sino merced a los poderes electrónicos de la nueva diosa llamada computadora. Ella nos conducirá al reino de la paz eterna, del gozo infinito. Las oraciones, ya innecesarias, son cosas del pasado, por lo tanto inútiles. En cambio, la comunicación con la computadora es más práctica, eficaz y rentable que la comunicación con Dios y con los hombres a través de la palabra hablada y escrita.
En el nuevo Olimpo de la electricidad moran otros dioses: Pascal , el primer inventor de la suma automática de dos números; Leibnitz, que imaginó la primera multiplicadora; Thomas, por su aritmómetro; Edison, inventor de aparatos eléctricos, y Von Neumann, creador y constructor de las computadoras ENIAC (Electric Numerical Integrator and Computer) y MANIAC (Mathematical Analyser Integrator and Computer). A McLuhan le parece insuficiente que la historia de la ciencia haya reservado lugares de privilegio para los mencionados sabios. Siguiendo su teoría, debemos postrarnos agradecidos de vivir rodeados de computadoras, televisores y todo artefacto eléctrico inventado y por inventarse, porque ellos nos librarán del infierno de la palabra y nos llevarán a los cielos electrónicos: la tierra prometida de la Bell Telephone; de la ITT, de la Sony, de National y Mitsubishi; de la IBM y las grandes cadenas y consorcios de fabricantes de aparatos audiovisuales.
La llamada cultura visual es posterior a la cultura oral. Durante milenios, la imagen se ha identificado con las cosas del mundo y configurado una mentalidad mágico-religiosa. El número de imágenes por habitante en la cultura oral era escaso. La primera evolución de la imagen acústica a la visual parece pasar de la sociedad nómada a la sedentaria. La sociedad mercantil e industrial multiplica las imágenes y fomenta el intercambio cultural, así como la comparación de imágenes. Los valores antiguos reciben agregados: calidad del material, tiempo en el que fueron elaborados, distinción del trazo, y contribuyen de este modo al desarrollo del sentido artístico, ligado al sentido histórico del icono.
Descartes demostró que el pensamiento es anterior a la escritura, pero la palabra es anterior a ambos. En esto radica el fundamento del racionalismo cartesiano.
En el cristianismo, primero está Dios, eterno, fuente originaria de todas las cosas y de !a primera manifestación verbal: Fiat lux, en el instante mismo de la creación.
Sócrates, en el diálogo Cratilo o del Lenguaje, indaga los orígenes de la palabra. Dice: “Los que nombran hablan”, "El que quiere nombrar tiene necesidad de lo que es preciso para nombrar” (16) (la palabra). Sostiene que la propiedad de los nombres se funda en la naturaleza.
Para Max Black, “...la concepción dominante de la naturaleza del lenguaje era simple y sin vueltas. Hacía hincapié en la comunicación del pensamiento, desdeñando la de los sentimientos y actitudes; ponía el acento en las palabras y no en actos lingüísticos contextuales; suponía una distinción tajante entre el pensar y su expresión simbólica" (17).
En efecto, el lenguaje expresa no sólo los pensamientos; si así fuese, su función sería extremadamente limitada. En esto, hay acuerdo entre las diversas corrientes de la comunicación.
La lengua transmite también hechos no cognoscitivos. Georges Mounin asigna al lenguaje siete funciones básicas. A saber; 1a. De comunicación. 2a. Expresiva-emotiva. 3a. Apelativa. 4a. De elaboración del pensamiento. 5a. Estética o poética. 6a. Metalingüística y 7a. Fática (mantener la sensación de contacto acústico) (18).
Volvamos en este punto a De Saussure: “Psicológicamente, hecha abstracción de su expresión por medio de palabras, nuestro pensamiento no es más que una masa amorfa e indistinta. Filósofos y lingüistas han estado siempre de acuerdo en reconocer que, sin ayuda de los signos, seríamos incapaces de distinguir dos ideas de manera clara y constante. Considerado en sí mismo, el pensamiento es como una nebulosa donde nada es distinto antes de la aparición de la lengua” (19).
En cambio, para Benveniste, “pensar y hablar son dos actividades distintas por esencia, que se conjugan por la necesidad práctica de la comunicación” (20). Pero, a continuación, agrega: “La forma lingüística es, pues, no solamente la condición de transmisibilidad sino, ante todo, la condición de realización del pensamiento” (21).
Mas, en rigor de verdad, diremos que no siempre hay una feliz ejecución del pensamiento a través de la palabra hablada. Pensar y hablar; hablar y pensar, he aquí cosas diferentes que la realidad se encarga de comprobar todos los días. A menudo tropezamos con algunos de nuestros semejantes que primero hablan y después piensan. A veces, hablamos “por hablar" en un acto mecánico de articulación de signos, a la manera de los pericos. O informamos algo o mucho y entonces realizamos un acto lingüístico, pero, cuando hablamos para decir algo que mueva a la interacción humana, estamos frente al maravilloso acto de comunicación, y es aquí donde pensamiento y palabra llegan a complementarse y confundirse en una sola cosa.
Sigamos con Benveniste. Páginas más adelante, descritas ya las relaciones entre pensamiento y lenguaje, el citado autor declara: "En cuanto al papel de transmisión que desempeña el lenguaje, no hay que dejar de observar, por una parte, que este papel puede ser confiado a medios no lingüísticos, gestos, mímica, y, por otra parte, que nos dejamos equivocar aquí, hablando de un ‘instrumento’ por ciertos procesos de transmisión que, en las sociedades humanas son, sin excepción posteriores al lenguaje y que incitan el funcionamiento de éste” (22).
Acerca de que el lenguaje es uno entre varios sistemas de signos, oigamos la voz autorizada del semiólogo boliviano Luis Huáscar Antezana Juárez: “...el desarrollo de las investigaciones muestra con creciente certeza que el lenguaje hablado no es un sistema de signos como cualquier otro: es el sistema de signos por excelencia, es decir, no habría ’signos’ —no importa cuáles— que no implicarían, en última instancia, el lenguaje hablado como condición necesaria para su articulación primaria. Todo tipo de ‘signo’ supone una base, un fundamento, que es el lenguaje hablado. Se podría decir que toda significación pasa por el lenguaje hablado" (23).
Refuerza el criterio de Antezana Juárez el siguiente párrafo tomado de Elena Bértola: “Ha sido suficientemente reconocido que en toda percepción de imágenes visuales subyace un texto lingüístico. Ver es recorrer con la mirada y esa ‘lectura’ trae aparejada el desarrollo temporal de algún tipo —general o específico, consciente o inconsciente— de discurso lingüístico” (24).
Octavio Paz sostiene: “...hablar del lenguaje de la televisión o del cine es una metáfora: la televisión transmite el lenguaje pero, en sí misma no es un lenguaje. Cierto, puede decirse —de nuevo como figura o metáfora— que hay una gramática, una morfología y una sintaxis de la televisión: no una semántica. La televisión no emite sentidos: emite signos portadores de sentidos” (25).
Retornemos a McLuhan, a algunas frases suyas que se han difundido tanto y en todos los idiomas, como principales exponentes del pensamiento de su autor y de sus desconcertantes profecías. He aquí algunas:

  • “La esquizofrenia puede ser una consecuencia inevitable del alfabetismo".
  • "...el libro está en decadencia, en función de su papel en la cultura general”.
  • "La forma literaria no se adapta, por cierto, a la simultaneidad ni a la captación estructural".
  • “La pluma de ganso acabó con la conversación”.
  • “Los nuevos medios han tornado obsoleto el lenguaje escrito., la era electrónica introduce ahora la tribal y oral cultura auditiva en el alfabetizado de Occidente”.
    Casi por la misma época (década de 1960 a 1970), el historiador Gíorgio de Santillana decía en el Coloquio Filosófico de Royamont: "Pienso que hubo dos grandes desgracias en la historia: la primera, es cuando el hombre se puso a cultivar la tierra; la otra, cuando inventó la escritura... Me atrevería a decir que a partir del momento en que se creó la escritura comienza la administración y cesa el pensamiento...” (26).
    John Culkin, impresionado por las afirmaciones de McLuhan, se apresuró a opinar: “El monopolio de la imprenta ha terminado. Sólo nos resta ratificar tal circunstancia y adaptarnos y ajustar nuestras instituciones a ella, lo cual no será fácil" (27).
    McLuhan sostenía la teoría del predominio de un órgano sensorial sobre los demás. Interpretaba la historia como el desarrollo de las comunicaciones en función de los sentidos: desde el hombre auditivo, pasando por el visual y rematando en el táctil o electrónico del futuro. Juzgaba que los norteamericanos pertenecen a una cultura visual y explicaba así la afición de éstos por la fotografía y sus actividades de espionaje con los aviones U-2, dotados de cámaras y lentes de gran alcance. A los rusos les atribuía una cultura auditiva, de donde resultaría su tendencia a escuchar detrás de las puertas y a colocar micrófonos del tamaño de una cabeza de alfiler en todas partes. Claro está que McLuhan pensaba de este modo antes de que se descubriera el espionaje “al estilo ruso” en las oficinas del Partido Demócrata, conocido como el escándalo Watergate y del que saliera tan mal parado el presidente Richard Nixon.
    El pensador canadiense que nos ocupa bendijo a los medios electrónicos porque ellos, a su juicio, integran a la humanidad, la liberan de la prisión de la lectura y le ahorran el tormento de las palabras para confiarle un mundo de vivencias globales, donde todo es perceptible al mismo tiempo, de una sola vez; “simultáneamente" es el término que emplea McLuhan.
    “Durante el período de Gutenberg —decía— existió una orientación casi enteramente visual. Ahora, estamos retrogradando hacia lo que me agradaría calificar como una mejor orientación”. La maravillosa aldea global, donde los humanos gozan de la preeminencia de los sentidos en el siguiente orden: tacto-oído-vista. Se olvidó del gusto y del olfato. ¡Qué catástrofe!, sobre todo para los orientales, que han desarrollado esos sentidos como ninguna otra cultura.
    Mac Donald ironiza la profecía macluhaniana de este modo: “Ay, el escritor que cree que la verdad (McLuhan, a pesar de sus teorías, es esencialmente un escritor) sólo puede ser expresada mediante un mosaico, un montaje, una Gestalt donde las partes son aprehendidas simultáneamente en lugar de serlo en forma sucesiva, vése constreñido por la lógica tipográfica a adoptar un punto de vista fijo y conclusiones demasiado definidas" (28).
    La escritura, como señalan Ducrot y Todorov, “es sistema de signos, semiótico, visual y espacial, de notación del lenguaje" (29).
    Dos son las formas fundamentales de escritura: la mitográfica, dirigida a la vista y el oído, cuya parte más importante es la pictografía, y la logográfica sistema de notación alfabética del lenguaje. El mensaje mitográfico cubre sectores limitados de la experiencia en tanto que el lenguaje en sus dos versiones complementarias: escrita y hablada, no puede ser más totalizador. Ducrot y Todorov explican: "Por una parte, es preciso observar (con la consiguiente sorpresa) que en casi todo Occidente y bajo el dominio de la escritura fonética se ha privilegiado al lenguaje hablado, como si constituyera el lenguaje por excelencia: con respecto a él, el lenguaje escrito sería una imagen reiterada, una reproducción auxiliar o instrumento cómodo (significante de significante). El habla sería, pues, la verdad, la ‘naturaleza’ y el origen de la lengua, y la escritura tan sólo un vástago bastardo, un suplemento artificial, un derivado innecesario. Hay en esto un juicio de valor y una estructuración implícita cuya presencia puede discernirse constantemente en nuestra tradición —que por lo mismo llamaremos fonocéntrica—- desde antes de Platón hasta Saussure” (30).
    Hablar y escribir son funciones diferentes, pero no separadas. El que había expresa sus pensamientos y sentimientos o transmite acontecimientos, como en la comunicación noticiosa, en términos que considera adecuados. Codifica su mensaje. El que oye actúa a la inversa: recibe los sonidos de las palabras; las decodifica en busca de sus verdaderos sentidos, tratando de aproximarse a la idea que portan, confrontándolas con los sentidos almacenados por la propia experiencia. Y, si se produce el encuentro de ambos mundos de significaciones, se establece la comunicación. La comunicación ha sido lograda y el mensaje ha cumplido eficazmente su misión.
    En el caso de la escritura sucede otro tanto entre el que escribe y el que lee. Estas funciones no suponen, necesariamente, que quien sabe leer sea también apto para escribir, aunque no cabe duda de que la condición de escritor implica la condición de lector. Por un García Márquez hay varios millones de lectores, pero no al revés.
    Las palabras no son representaciones visuales de un objeto, como la fotografía. Por tanto, parece poco aceptable llamarlas "imágenes", en el sentido ordinario de esta palabra. Ellas encierran conceptos, nombres, acciones, estados de ánimo y provocan en la mente del lector u oyente una reproducción mental llamada “imagen mental". Las imágenes visuales ordinarias, del género analógico o icónico portan información que puede ser abundante, como en el caso de una secuencia fotográfica o el paisaje pintado en un lienzo.
    La imagen mental evocada por acción de las palabras se torna "representación viva y eficaz de una cosa, de una intuición o visión poética por medio del lenguaje”, como dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua.
    Vigencia del lenguaje
    Las posibilidades expresivas de los signos no lingüísticos son limitadas y están constreñidas a un “he aquí”. Pongamos por ejemplo el caso de una imagen fotográfica o una toma televisiva que capturan un fragmento de realidad y sólo uno. Aun la acumulación de fragmentos, y ese es el caso de un largometraje, jamás podrá reproducir de modo exacto y mucho menos completo los sucesos humanos. La cámara más moderna podrá mostrar de manera casi objetiva el mundo circundante, el “entorno físico”, pero jamás la totalidad del entorno comunicativo, porque éste es complejo, inasible y mutante. La mejor imagen será siempre sólo una caricatura de la realidad o, en el mejor de los casos, una copia borrosa del instante en que, por efecto de la luz, se ha fotografiado la apariencia, no la esencia de una cosa o de un hecho. Hoy se hace maravillas con las cámaras de cine y televisión, y con los equipos de sonido. Hay trabajos dignos del calificativo de “obras de arte", con aproximaciones poéticas, como las fantasías de Walt Disney, pero de ahí a considerar a estos aparatos como medios de representación global de la realidad hay muchísima distancia, porque toda su eficacia está limitada a los objetos materiales. Las dificultades se presentan cuando se trata del conocimiento, del pensamiento, de las ideas. Ninguna tecnología moderna es capaz de ejecutar con mayor precisión y éxito que la palabra una interpretación de la historia, una teoría filosófica, una tesis económica, una explicación jurídica, una concepción teológica o metafísica o una experiencia psíquica.
    Los recursos teatrales del mejor actor son insuficientes para mostrar en toda su intensidad y valor, a través de imágenes gestuales, el tormentoso sentimiento de culpa que agobia a Raskolnikov. Una aproximación a ese estado de ánimo y de conciencia es posible solamente siguiendo la trama novelada en la pluma de Dostoievski. Ninguna avalancha de imágenes y ruidos, solos o combinados, es capaz de explicar ni siquiera medianamente el sentido del cristianismo o la importancia del descubrimiento de América.
    La historia debe su existencia al testimonio escrito, permanente, legítimo, con carácter de prueba fehaciente. Antes de ella, de la escritura, la prehistoria: mágica, legendaria, apasionante, casi irreal. Merced a esa "gran desgracia" de la humanidad (la invención de la escritura), el ilustre Santillana ha podido divulgar su juicio demoledor sobre ese período de la historia. ¿Habrá alguna posibilidad, contando con todas las computadoras del mundo industrializado, de expresar exactamente, a través de imágenes, la idea: “La invención de la escritura es una gran desgracia de la humanidad?" Parece que no, pero si alguien lo dudara, póngase a trabajar en esto y muéstrenos sus resultados. Sin la escritura y sin los testimonios orales no habría historia, esto sí sería la catástrofe mayor de la humanidad. Sin libros, periódicos, tratados, folletos, cartas, diccionarios, libretas de apuntes, volveríamos a la época de las cavernas y, más temprano que tarde, desaparecido el lenguaje, alguien tendría que inventarlo de nuevo y escribir quizá ya no sobre superficies de huesos y cornamentas de animales, sino sobre pantallas de televisión, en disquetes de computadoras. Variará, sin duda, la técnica de la escritura y aparecerán nuevos signos y materiales, pero no desaparecerá el lenguaje escrito.
    Y, ¿la filosofía? ¿Cómo representar el problema del ser, del infinito, de la nada, de la relatividad, de la verdad... en imágenes visuales y auditivas no lingüísticas?
    Y, ¿el amor? Los sacerdotes de la nueva religión tecnológica no han dicho hasta ahora cómo se expresa el amor —no el erotismo— a través de imágenes acústicas o visuales, a pesar de que el cincuenta por ciento o más de las producciones de cine y vídeo tienen algún motivo idílico y el resto es pura pornografía. Las películas presentan una situación particular de membrete sentimental o sentimentaloide.
    ¿Cómo se reemplaza la expresión: “te amo", por una imagen? En cambio, una sola mirada basta —no la del lente de la cámara que no mira— sino dos pupilas humanas para encerrar plenamente el sentido que guarda la metáfora de los versos de Bécquer:
    “—¿Qué es poesía?—, dices mientras clavas En mi pupila tu pupila azul; ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
    Poesía... ¡eres tú!”.
    Esto es irremplazable; no obstante, las imágenes pueden adornar y contribuir a la ejecución plena del sentido, como auxiliares del verso, como en este caso.
    En el mundo de la comunicación actual, está por demás comprobado que en toda imagen visual hay un sustrato lingüístico. Al final de cuentas, se transfiere una imagen al sentido localizado en una lengua.
    Para el cine mudo, fue indispensable la explicación lineal que dan el lenguaje escrito o el relato externo, porque la palabra fija sentidos, ancla situaciones, ordena y organiza secuencias, les confiere una estructura lógica ¿Que es lineal? Ni duda cabe, pero, ¿es por eso perjudicial? ¿Qué curso de pensamiento ordenado no es lineal, en una sucesión de causas y efectos? Si no fuese así, los pensamientos se agolparían, todos al mismo tiempo, y la mente sería algo semejante a un hormiguero alborotado.
    La imagen audiovisual no puede prescindir de la palabra, pero ésta sí puede pasarla muy bien sin el auxilio de aquélla. Esta es la relación de dependencia de la primera respecto a la segunda. Hay casos de producciones televisivas que tratan de prescindir de la palabra hablada o por lo menos la restringen a la letra de una canción. Me refiero a los tan difundidos "vídeos-musicales" en los cuales las imágenes se atropellan unas tras otras; carecen de unidad temática, sin relaciones de casualidad; incomprensibles, por lo tanto, porque de tanto que quieren decir no dicen absolutamente nada. Su mensaje es difuso y abrumadoramente caótico. Imposible advertir o sospechar siquiera la intención comunicativa de su fuente de procedencia. Esto no es comunicación, sino un despiadado bombardeo de información que altera el sistema nervioso con estímulos indiscriminados, tan abusiva como irresponsablemente fabricados para el consumo masivo.
    La tecnología de la imagen audiovisual es incapaz de nominar sus propios productos sin recurrir al lenguaje. El acto de nombrar es en sí mismo un maravilloso instante de creación. El mundo diferenciado de las cosas es el reino de la palabra y el pensamiento su fortaleza inexpugnable. Los instrumentos de las nuevas tecnologías necesitan nombres, ¿o dejarán de tenerlos? El desarrollo acelerado de las ciencias obliga a las Academias de todas las lenguas a incorporar en sus diccionarios acepciones, nombres propios, matices regionales. La lengua oral y escrita crece y se revitaliza en medio de la avalancha de imágenes.
    El valor del signo lingüístico es discutible en el terreno de la información dado el carácter ambiguo de la palabra (como de todo signo) pero no en el de la comunicación. Las imágenes audiovisuales no pueden cumplir eficazmente las funciones comunicativa, emotiva, cognitiva o de elaboración del pensamiento; la estética o poética y la metalingüística. Las funciones apelativa, táctica e informativa, pueden ser ejecutadas en mejor forma y, por supuesto, son aptas para el manipuleo de la conciencia a través de mensajes de penetración subliminal. Sólo el lenguaje puede realizar todas las tareas mencionadas porque no se limita a fotografiar la realidad y porque cada lenguaje es un prisma cultural.
    El habla, dice Moliere, es “el más inteligible de todos los signos y la que ha desempeñado el papel históricamente fundamental en el desarrollo del pensamiento” (31).
    Para cerrar este acopio de reflexiones propias y ajenas, y disipado como parece estar el temor del enmudecimiento, dos citas, la de Tomatis: "El hombre, solo, sin palabras, correría ciertamente el peligro de deshumanizarse, desde el instante en que no podría explotar la exteriorización de lo que piensa” (32), y la del experto en cibernética, Robert Filep: "Lenguaje es cultura. El más grande impacto cultural es el que proviene del lenguaje” (33).
    No hay razón valedera para vivir aterrados por la presencia de los medios electrónicos ni fundamento para sostener que ellos sepultarán el lenguaje oral y escrito, convirtiendo al hombre del futuro en una criatura enmudecida, analfabeta y sensible sólo a los estímulos del tacto de los sonidos, de los colores y formas en vertiginoso movimiento. Nada de esto es previsible, a menos que una guerra nuclear extirpara del cerebro humano la facultad de pensar y de articular el lenguaje; pero, mientras esto no suceda, podemos dormir tranquilamente y decir: bienvenidos los medios audiovisuales, las computadoras, los satélites artificiales, los robots y todo aparato inventado y por inventar, si ellos han de realizar —como se prevé— el noventa por ciento de las tareas industriales del hombre y le han de dejar tiempo libre para que despierte con la música; pase las horas con el arte, en diálogo con los otros hombres, en la contemplación de la naturaleza, en compromiso con la ciencia y en goce de la libertad de conciencia política y religiosa y, al terminar el día, pueda disfrutar de la grata e irremplazable compañía del libro de cabecera.
    Hasta cierto punto, ese hombre del futuro podrá repetir con Jesucristo: “Los cielos y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.

Notas
1. PRESENCIA, periódico. La Paz, 17 de mayo de 1985.
2. Ibid.
3. PRESENCIA, periódico. La Paz, 30 de mayo de 1985.
4. PRESENCIA, periódico. La Paz, 16 de julio de 1985.
5. COWLAN, Bert An Overview of the future on Communications. Simposio internacional “Las comunicaciones en el año 2.000”. CIESPAL. Quito, noviembre de 1984.
6. MARCELO. Julián. De la Galería Gutenberg a la Galaxia Von Neumann. Revista Chasqui N“ 13. CIESPAL-Quito, 1985.
7. GOLDBERG, Melvin A. La televisión en el año 2.000. Revista Chasqui, No. 13. CIESPAL-Quito, 1985.
8. BRAM, Joseph. Lenguaje y sociedad. Ed. Paidós. Buenos Aires, 1967.
9. GUIRAUD, Pierre. La semántica, Pág. 12. Fondo de Cultura Económica. México, 1971.
10. Ibid, pág. 84.
11. MOUNIN. Georges. Introducción a la semiología, Anagrama. Barcelona, 1972. pág. 8
12 DE SAUSSURE, Ferdinand, Curso de Lingüística General, 19ª. Edición, pág. 60, Ed. Losada. Buenos Aires, 1979.
13. SMITH, Alfred. Comunication and Culture, Holt Reinehart Winston. Nueva York, 1966, pág. 119.
14. MAC DONALD, Dwight.” McLuhan, caliente y frío. (En “Stearn, Gerald Emmanuel y otros). Sudamericana. Buenos Aires, 1973, págs. 110-111.
15. MACLUHAN. Heber Marshall. La comprensión de los medios como las extensiones del hombre, Ed. Diana, 4ta. Edición. México, 1972; págs. 110-111.
16. PLATON, Diálogos, Ed. Porrúa. México, 1 973, págs. 249- 254.
17. BLACK, Max. El laberinto del lenguaje. Monte Ávila editores, Caracas, 1968, págs. 19-20.
18. MOUNIN, Georges. Claves para la lingüística. Ed. Anagrama. Barcelona, 1972, págs. 60-61.
19. DE SAUSSURE. Ob. cit., pág. 191.
20. BENVENISTE, Emile. Problemas de lingüística general, Ed. Siglo XXI, 3ra. edición. México, 1973, pág. 63.
21. Ibid. pág. 64.
22. Ibid. pág. 179.
23. ANTEZANA JUAREZ, Luis H. Elementos de semiótica literaria, Ed. IBC. La Paz-Bolivia, 1977, pág. 10.
24. BERTOLA A., Elena de y otros. Semiótica de las artes visuales. Ed. Centro de Arte y Comunicación. Buenos Aires 1980, pág. 72.
25. PAZ, Octavio. El pacto verbal (En Hombres en su siglo y otros ensayos). Ed. Seix-Barral, Barcelona, 1984, págs. 86-87.
26. DE SANTILLANA. Giorgio. El Concepto de Información en la Ciencia Contemporánea, Ed. Siglo XXI. 2da. Ed. México, 1970, pág. 20.
27. CULKIN, John. En Stearn. Op. Cit. pág. 77.
28. MAC DONALD. En Stearn, Op. Cit. pág. 282.
29. DUCROT y TODOROV. Diccionario Enciclopédico de las Ciencias del Lenguaje,. Ed. Siglo XXI. 3ra. Edición. México, 1976. pág. 228.
30. Ibid. pág. 389.
31. MOUNIN, Georges. Ob. cit., pág. 44.
32. TOMATIS. Alfred. El oído y el lenguaje. Ed. Martínez Roca, Barcelona, 1969, pág. 15.
33. FILEP, Robert. La televisión de doble vía y el satélite como instrumento educación intercultural. Simposio internacional. Las comunicaciones en el año 2.000. CIESPAL-Quito, noviembre, 1984.

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