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Presentación de la traducción de Mario Frías Infante de la Ilíada de Homero

Miércoles 26 de enero de 2022, por Tatiana Alvarado Teodorika

El 17 de diciembre de 2021 se llevó a cabo la presentación de la traducción de Mario Frías Infante de la Ilíada de Homero. La presentación fue organizada por la editorial Santillana, en Cochabamba.

La presentación estuvo a cargo de Juan Javier del Granado, profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México, quien pronunció las siguientes palabras:

Las diez lenguas y diez bocas de Mario Frías Infante para traducir la Ilíada de Homero

La hora aciaga que vivimos me hace pensar en las improvisadas piras funerarias que —al abrirse la obra épica homérica con una peste mortífera lanzada por Febo airado— no cesaron su ígneo crepitar al lado de las naves que levantaron el cerco de Ilión. Han sido pocos los hispanoamericanos que han puesto la pluma sobre el papel y acometido la empresa de verter las obras épicas de Homero en castellano. Menos todavía los que han completado semejante odisea —y no me refiero, en esta ocasión, a la traducción de la Odisea de Mario Frías Infante, también publicada por Santillana el 2017—. Hoy nos entrega una traducción directa de la Ilíada del griego jónico del siglo VII a.C.

Sin pasar por alto las versiones de figuras menos conocidas, como el capellán penquista Guillermo Jünemann, la dama habanera Laura Mestre Hevia y el juez nariñense Leopoldo López Álvarez, en los últimos años del pasado siglo, un colega mío en la Universidad Nacional Autónoma de México —que fue miembro de Número de la Academia Mexicana de la Lengua—, Rubén Bonifaz Nuño, tuvo la virtud descomunal de completar una traducción de la Ilíada. Sin embargo, la vertió al castellano de España. Vaya por delante mi convicción de que la virtud de Frías Infante es el traslado de esta obra épica de Homero a nuestra lengua, el habla de Hispanoamérica.

Y digo que traducir la Ilíada es ciertamente algo fuera de lo común, porque la lista de los que intentaron la empresa sin éxito, cuenta con nombres ilustres e imperecederos de las letras hispanoamericanas, como el modernista cordobés Leopoldo Lugones y el polímata regiomontano Alfonso Reyes.

Es que Homero es el comienzo no sólo de la literatura para nosotros. La historia de Occidente arranca con esta figura tan mítica como sus personajes. Así como divisamos a Zeus sentado a la cabecera del convite divino, Homero encabeza la historia humana. Las dos obras épicas de este rapsoda ciego dividen para nosotros el tiempo mítico del tiempo histórico: una narra lo que no podían ver sus ojos a dos lustros del inicio del cerco de Ilión por los argivos, dánaos y aqueos, y la otra retoma los sucesos, dos lustros tras la caída de las murallas de la ciudad.

Para los antiguos griegos, la existencia de Homero es evidente y nunca dudaron de ella. El alejandrino Eratóstenes en la cronografía que elaboró lo considera contemporáneo de Héctor y Aquiles, y el póntico Estrabón lo define como fundador de la geografía en tanto en cuanto sus personajes andan errantes por todo el orbe habitado y erran navegantes allende de las columnas de Heracles.

Que Reyes recuerde las palabras de Voltaire en el sentido de que cualquier fábula de Esopo es más compleja que la Ilíada, nos da una idea cabal de la coherencia íntima y la unidad que hilvana toda esta obra —a pesar de sus 15.693 hexámetros distribuidos en veinticuatro rapsodias— o como dice el traductor regiomontano, de «su continuidad sostenida», que gira en torno a la μῆνις —la ‘cólera divina’— de Aquiles, hijo de Peleo, desde que en el principio le fuera arrebatada Briseida, hasta el final, en su humana reconciliación con Príamo.

El carácter de este guerrero temerario, como expresa Lugones, es la «entidad más completa que en la literatura heroica sea dado concebir» porque «no le sobra una luz y no le falta una sombra». Nada fácil es traducir esta obra épica que ha marcado su impronta en nuestra manera de aprehender el mundo, como asevera el humanista caraqueño Andrés Bello al reseñar la traducción española decimonónica de José Gómez Hermosilla. Para mejor estimar la virtud de Frías Infante, miremos a lo más difícil y desabrido de la empresa, a lo más trabajoso; no a lo más gustoso, sino a lo que no da gusto, el pasaje de la segunda rapsodia que frustró al traductor cordobés.

Pongámonos a leer —como decía fray Luis de León— «contando las palabras», es decir, lentamente y con cuidado, el Catálogo de las naves (versos 494-759). Aquí, Homero pasa revista a los veintinueve contingentes que participaron en la guerra. La dificultad del pasaje que nos ocupa radica precisamente en contener un material heterogéneo sin trama ni argumento que nos atraiga a su lectura. El original cataloga los caudillos y las naves, su procedencia y sus contingentes, mediante una serie de fórmulas sintagmáticas. Encontramos dispuestos en los hexámetros, ora el pueblo en genitivo, los caudillos en nominativo con un verbo de reinar, el lugar en acusativo con un verbo de habitar y el número de las naves, ora los caudillos en nominativo, el lugar de origen con una preposición o expresado adverbialmente y el número de las naves en acusativo. Así prosiguen casi trescientos hexámetros interminables «sin salida» —en la expresión de Reyes, en su conjunto de sonetos Homero en Cuernavaca—; se trata de un pasaje sin acción propiamente dicha ni interés dramático, en el que «Homero suda».

Aquí Frías Infante sortea con éxito el desafío que eludió la habilidad lingüística y expositiva de Lugones. Mantiene con fidelidad las fórmulas sintagmáticas de los hexámetros del original, y con el dominio incomparable que posee de esta lengua y de la cultura correspondiente a la misma, entremezcla los pocos textos expositivos encontrados en el pasaje, tal y como recomienda Aristóteles en la Poética, al referirse al Catálogo de las naves.

El mayor de los contingentes fue el que mandaba el soberbio Agamenón y era de cien naves. Sobre el rey de Micenas, Frías Infante reproduce el texto homérico con fidelidad y precisión:

Junto a él los más numerosos y mejores
ejércitos llegaron. Iba vestido de bronce deslumbrante,
orgulloso. Sobresalía entre los héroes todos
porque era el mejor y porque mandaba el mayor número de tropas.

Este mismo texto Reyes lo traslada con una mayor licencia literaria, que desfigura el pensamiento original:

Son los más numerosos y de mayor valía.
Y él, de bronce vestido para tal ocasión,
ufánase al sentir cómo sobresalía
por el inmenso mando y el bravo corazón.

Y en Bonifaz Nuño, quien intenta ajustarse al texto homérico, apenas se reconoce el pensamiento original:

[J]unto con él, con mucho los más y los óptimos
pueblos seguían, y él mismo vestía el bronce ofuscante,
gloriándose, y sobresalía entre todos los héroes
porque era el óptimo y muchos más pueblos llevaba.

Ciertamente, Mario Frías Infante nos entrega una traducción de la Ilíada lograda con fidelidad al texto original y en un habla viva, aguda, precisa y rítmica, que hará aumentar el deseo de la lectura de esta obra épica en Hispanoamérica.

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